Perder el celular viajando solo por Ushuaia
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¿Pensaste alguna vez qué hacer si perdés tu celular cuando viajás solo? ¿Qué harías en esa situación? Yo nunca lo había pensado, hasta que me pasó. Fue en el Parque Nacional de Tierra del Fuego, en Ushuaia. Estaba aterrorizado de perder todas mis cosas en la ciudad conocida por ser “el fin del mundo”.
Lo más sencillo de ese día fue armar mi mochila para un largo viaje hacia uno de los lugares más lindos que vi con mis propios ojos: el Parque Nacional Tierra del Fuego, el parque nacional más austral del mundo. Una botella de agua, un sándwich para el almuerzo y, obviamente, el mate fueron los elementos que consideré indispensables para este trayecto. Me puse la campera y la gorra y bajé en el ascensor hasta la puerta de entrada de mi Airbnb. Ahí me estaba esperando el Uber para llevarme a destino. Un viaje que duró unos 30 minutos y donde el conductor me hablaba de lugares para visitar en la ciudad, lo difícil que es manejar en una ciudad como Ushuaia por la cantidad de nieve y hielo que hay, entre otras cosas. Cuando llegué a la entrada del parque, mostré mi ticket de entrada y uno de los guías me preguntó si quería hacer el trayecto con un guía o si quería hacerlo por mi cuenta, a lo cual respondí que mi idea era hacerlo solo. Todavía no sabía lo que me esperaba. Me mostró un mapa del parque y me explicó cuáles eran las rutas que podía tomar hasta llegar a la bahía, y luego de eso comencé a caminar por la ruta siguiendo a los colectivos que se dirigían hacia el mismo lugar.
El camino era hermoso y parecía sacado de una película: árboles enormes y arbustos que decoraban el paisaje lleno de naturaleza. El aire era puro y se respiraba fácilmente en comparación con el aire de mi ciudad, y sin dudas era un lugar único, en un lugar único: el fin del mundo.
Luego de caminar cerca de un kilómetro desde el punto de inicio, paré a un costado de la ruta a comer el sándwich y a disfrutar de estar rodeado de naturaleza. Hice una videollamada a mi mamá para mostrarle el lugar, aunque la señal dentro del parque era bastante mala y hacía difícil la comunicación. Fue en ese momento cuando vi que más adelante, siguiendo por el mismo camino, había unos baños públicos al lado de la última estación del tren. Muchos de los colectivos paraban ahí para que los turistas pudieran ir al baño y luego continuar con el camino. Lo mismo hice yo.
Me acerqué, fui al baño y luego me senté en un banco a leer el mapa que tenía del lugar para saber por dónde continuar.
Ese mismo día, por la mañana, había estado fresco, pero al mediodía había salido el sol y el clima estaba más caluroso. Por esa razón, me saqué la campera y la dejé en el banco donde estaba sentado junto con mi celular y mi mochila. Ya estaba más cómodo para continuar el trayecto a la bahía, aunque todavía no tenía claro qué camino tenía que tomar. Fue en ese momento cuando los colectivos salieron y solo quedamos un grupo de chicos franceses y yo. Ellos salieron por el camino de la derecha, y como yo estaba un poco perdido, decidí seguirlos. Seguramente ellos también lo estaban, pero en ese momento me había parecido una buena idea. No quería molestarlos, por eso caminaba unos pasos atrás de ellos y también escuchaba y trataba de entender qué era lo que decían (me pareció una buena idea para practicar mi francés). Fue así que me distraje e hice tal vez unos dos kilómetros más, cuando meto la mano en el bolsillo para mirar la hora en mi celular y... ups. No estaba.
Me fijé en el bolsillo derecho del pantalón, en el izquierdo, luego en los de la campera y… nada. Mi celular no estaba, y de a poco sentía cómo mi alma dejaba mi cuerpo. Comencé a transpirar, no por el sol que pegaba en mi cara, sino por el nerviosismo y el terror de perder todo lo que llevaba dentro de él: mi plata (soy argentino, no acostumbro a llevar efectivo a todos lados, es incómodo), mi ticket de vuelta a Buenos Aires, el Google Maps, todo lo que necesitaba durante mi viaje. El terror se apoderó de mí y de mi cuerpo, y me dije a mí mismo: “¿Cómo puedo ser tan boludo de perder algo tan importante?”, mientras corría apresuradamente hacia atrás con la idea de encontrarlo antes de que me lo roben. Corrí lo más rápido que pude hacia el lugar de los baños, porque tenía una corazonada de que podía estar ahí... Pero cuando llegué: nada. Busqué por fuera y por dentro del lugar, pero no aparecía por ningún lado. Estaba desesperado, al borde de las lágrimas. No sabía cómo volver al departamento, en la ciudad, a unos 8 km de donde estaba. Y más importante: no sabía cómo iba a volver a mi ciudad sin mi ticket de vuelta. Me senté en el mismo banco donde me había sentado antes, ya desahuciado y sin esperanza de encontrarlo… hasta que escuché a lo lejos a dos empleados hablando, y uno le decía al otro que habían encontrado un iPhone en la zona de los baños. Me apuré a ir al lugar donde estaban y les pedí que me lo mostraran, que el mío tenía una funda celeste y que lo había perdido hacía más o menos media hora.
Fue en ese momento cuando una de las chicas del lugar apareció con mi celular en la mano, y mi alma volvió a mi cuerpo. Les agradecí por haberlo guardado y continué mi camino hacia la bahía. Cuando llegué, celebré con unos mates que ya había pasado el disgusto y que ya podía continuar mi viaje de la mejor manera.
Pero… ¿qué hubiera pasado si no lo encontraba? Solo Dios sabe…
